martes, 14 de mayo de 2013
sábado, 12 de enero de 2013
Propuesta para conejos
Es lógico pensar que Fermín no va a buscar otra panza de un día para el otro. Se acostumbró a mí y no se caracteriza por ser un conejo nómade. La creatividad y la fluidez en sus palabras las mantiene pero, por fortuna, últimamente cuenta historias más cortas.
Estuve pensando en la que vive en tu panza. Bueno, en realidad tenés que confirmarme exactamente dónde está, pero ampliamente digamos La Panza. Como todos los conejos merecen un nombre, podríamos llamarla Muriel o Penélope.
Te quiero aclarar que no es que esté buscándole novia a Fermín y mucho menos tomando decisiones sobre Muriel o Penélope. Es sólo que estoy juntando argumentos para ofrecerle una salida pacífica. Yo ya te lo describí, es tan elegante, pulcro, educado, delicado y artista que yo estoy seguro de que enamoraría a cualquier conejita.
Sin embargo, debo decir que tampoco es cuestión de presentarlos y ya; si nuestros conejos se reproducen, estaremos perdidos. Y cuán difícil es evitarlo? Vamos, son conejos. Pero a mí se me ocurrió que podríamos darles actividades para mantenerlos ocupados y que tengan un noviazgo tántrico eterno. Fermín inventa historias de amor y puede aprender a tocar instrumentos de viento muy rápido. Nuevamente, no es que quiera intervenir con Muriel o Penélope; de hecho, si no te gusta el plan podemos buscar otro o vos sola, como prefieras. Sin más rodeos, pensé que podrías hablarle de literatura. De arte en general, pero sobre todo de literatura. Fermín no sabe nada de eso y estoy seguro se que le fascinaría estar con alguien que lo eduque en letras y artes plásticas. Seguro que Muriel o Penélope no diría "la pintura".
Hablale de Whitman.
Contale de la dulzura de los labios de granito y de no ver el mar y verlo.
Enseñale a emocionarse con la pintura que se parece a tu abuela.
Explicale que esa ligera presión en el pecho es Vértigo y definíselo.
Regalale una lluvia de He said y She said.
Hacé que sienta en el cuerpo el ritmo de los versos, que las palabras le penetren hasta la sangre. Enseñale a bailar leyendo acerca de las flores que crecen en primavera.
Qué sepa quién es La Maga.
Pero lo más importante es ir despacio, no la aturdas. Cada cosa que le enseñes tiene que madurar en ella. Qué florezca. Cuando le brillen los ojos y entienda y esté ávida por más, hacé una pausa. Y la próxima vez va a ser feliz desde antes de que empieces a hablar.
Por último, mostrale "Intento de lobotomía". Derramáselo encima, que se atragante, que no pueda respirar.
Qué aprenda de un sorbo que existe un lenguaje para el amor y que hay bailarinas que saben bailar sobre papel.
Con tanto para conversar sería lógico que ambos quieran buscarse una nueva casa para vivir. Probemos.
Conejito en tránsito
Hay días en los que me como un conejito entero y vivo. Él cierra sus ojitos y viaja por mi garganta, esófago, píloro y estómago y se arma una casita en la mitad de mi intestino delgado. Ahí se queda un rato, unas horas o hasta que yo me olvide de él. Es el conejito más hermoso que un nene se pueda imaginar; es blanquísimo, con las orejitas un poco rosas, tiene una corbata y un sombrero rayaditos de color marrón y no fuma pipa. Adentro no usa zapatos, porque no le gusta ensuciar, y es suave como un durazno enamorado a punto de encontrarse con su novia para ir al cine.
El conejito, a quien de ahora en más llamaremos Fermín, no tiene la culpa de lo que hace. Yo me lo comí, y les juro que él no lo quiere hacer. Es sólo que Fermín tiene la creatividad en el alma, es artista y cuenta unas historias de amor que pueden enamorar a una Mortimer de un cepillo de dientes y después te cuenta la tragedia de cuando el dentista sacrifica al cepillo y la Mortimer llora lágrimas de detergente. Todo lo cuenta con una naturalidad tan sincera que cuesta creer que lo hace sin malicia, pero yo se los aseguro.
Te baña en un encanto de artilugios amorosos, te susurra como sirena describiendo la historia de la princesa y los no-príncipes. Cuando Fermín inventa, a mí me duele un poquito abajo de la boca del estómago. Creo que me duele que no me vea, que no sepa que existo. Yo lo entiendo, si nosotros viviéramos, en realidad, dentro de la panza de un elefante, tampoco sabríamos de su existencia.
Quizás un día lo invite a comer así le explico la situación de que esa ella es mi ella y basta de no-príncipes y más yos. Así podremos convivir más pacíficamente, a mí no me va a doler el diafragma y él, por ahí, hasta pueda armarse su casita en otra panza.
Sí, de la próxima no pasa que lo invito.

