Hay días en los que me como un conejito entero y vivo. Él cierra sus ojitos y viaja por mi garganta, esófago, píloro y estómago y se arma una casita en la mitad de mi intestino delgado. Ahí se queda un rato, unas horas o hasta que yo me olvide de él. Es el conejito más hermoso que un nene se pueda imaginar; es blanquísimo, con las orejitas un poco rosas, tiene una corbata y un sombrero rayaditos de color marrón y no fuma pipa. Adentro no usa zapatos, porque no le gusta ensuciar, y es suave como un durazno enamorado a punto de encontrarse con su novia para ir al cine.
El conejito, a quien de ahora en más llamaremos Fermín, no tiene la culpa de lo que hace. Yo me lo comí, y les juro que él no lo quiere hacer. Es sólo que Fermín tiene la creatividad en el alma, es artista y cuenta unas historias de amor que pueden enamorar a una Mortimer de un cepillo de dientes y después te cuenta la tragedia de cuando el dentista sacrifica al cepillo y la Mortimer llora lágrimas de detergente. Todo lo cuenta con una naturalidad tan sincera que cuesta creer que lo hace sin malicia, pero yo se los aseguro.
Te baña en un encanto de artilugios amorosos, te susurra como sirena describiendo la historia de la princesa y los no-príncipes. Cuando Fermín inventa, a mí me duele un poquito abajo de la boca del estómago. Creo que me duele que no me vea, que no sepa que existo. Yo lo entiendo, si nosotros viviéramos, en realidad, dentro de la panza de un elefante, tampoco sabríamos de su existencia.
Quizás un día lo invite a comer así le explico la situación de que esa ella es mi ella y basta de no-príncipes y más yos. Así podremos convivir más pacíficamente, a mí no me va a doler el diafragma y él, por ahí, hasta pueda armarse su casita en otra panza.
Sí, de la próxima no pasa que lo invito.
sábado, 12 de enero de 2013
Conejito en tránsito
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